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jueves, 16 de febrero de 2023

La aventura de un poeta - Ítalo Calvino

 

 


La aventura de un poeta (1958)
Gli amori difficili (1970)
      Las orillas del islote eran altas, rocosas. Encima crecía la mancha baja y tupida de la vegetación que resiste la cercanía del mar. En el cielo volaban las gaviotas. Era una isla pequeña próxima a la costa, desierta, sin cultivar: en media hora se le podía dar la vuelta en barca y hasta en bote de goma, como el de los dos que se acercaban, el hombre que remaba tranquilo, la mujer acostada tomando el sol. Al aproximarse en hombre aguzó la oreja.
      —¿Has oído algo? —preguntó ella.
      —Silencio —dijo—. Las islas tienen un silencio que se oye.
      En realidad todo silencio consiste en la red de menudos ruidos que lo envuelve: el silencio de la isla se diferenciaba del silencio del tranquilo mar circundante porque estaba recorrido por murmullos vegetales, cantos de pájaros o un brusco rumor de alas.
      Abajo, al pie de las rocas, el agua, aquel día sin una ola, era de un azul intenso, límpido, atravesada hasta el fondo por los rayos del sol. En la escollera se abrían bocas de cavernas, y los dos del bote se acercaban perezosamente a explorarlas.
      Era una costa del sur, poco afectada todavía por el turismo, y los dos bañistas venían de fuera. Él era un tal Usnelli, poeta bastante conocido; élla, Delia H., una mujer muy bella.
      Delia era una admiradora del sur, apasionada, francamente fanática, y tendida en el bote hablaba con continuo transporte de todo lo que veía, y quizá también en cierto tono de polémica porque le parecía que Usnelli, recién llegado a aquellos lugares, participaba de su entusiasmo menos de lo debido.
      —Espera —decía Usnelli—. Espera.
      —¿Espera qué? ¿Quieres algo más hermoso que esto? —decía ella.
      Él, desconfiado (por naturaleza y por educación literaria) de las emociones y las palabras que otros ya habían hecho suyas, habituado más a descubrir las bellezas escondidas y espúreas que las manifiestas e indiscutibles, estaba sin embargo con los nervios de punta. La felicidad era para Usnelli un estado de suspensión, de esos que se han de vivir conteniendo la respiración. Desde que se había enamorado de Delia veía en peligro su cautelosa, avara relación con el mundo, pero no quería renunciar a nada ni de sí mismo ni de la felicidad que se le ofrecía. Ahora estaba alerta, como si cada grado de perfección que la naturaleza circundante alcanzaba —un decantarse del azul del agua, una transformación del verde de la costa en ceniciento, la alerta de un pez que asomaba justo allí donde era más lisa la superficie del mar—, sólo sirviera para preceder otro grado más alto, y así sucesivamente, hasta el punto en que la línea invisible del horizonte se abriera como una ostra revelando de pronto un planeta distinto o una palabra nueva.
      Entraron en una gruta. Al principio era espaciosa, casi un lago interior de un verde claro, bajo una alta bóveda rocosa. Más adelante se estrechaba en na oscura galería. Con el remo el hombre hacía girar el bote sobre sí mismo para gozar de los diversos efectos de la luz. La de afuera, que se metía pr la grieta irregular de la entrada, deslumbraba con sus colores avivados por el contraste. Allí el agua irradiaba, y las láminas de luz rebotaban hacia arriba, contrastando con las blandas sombras que se alargaban desde el fondo. Reflejos y manchas de luz comunicaban a la roca de las paredes y de la bóveda la inestabilidad del agua.
      —Aquí comprendes a los dioses —dijo la mujer.
      —Hum —dijo Usnelli. Estba nervioso. Su mente, habituada a traducir las sensaciones en palabras, ahora nada, no conseguía formular ni una sola.
      Se internaron. El bote dejó atrás un bajío: el dorso de una roca al ras del agua; ahora flotaba entre los escasos fulgores que aparecían y desaparecían a cada golpe de remo: el resto era sombra espesa; las palas tocaban de vez en cuando una pared. Mirando hacia atrás Delia veía el ojo azul del cielo abierto cuyos contornos cambiaban continuamente.
      —¡Un cangrejo! ¡Grande! ¡Allí! —gritó, levantándose.
      —“¡...grejo! ¡...iii!” —retumbó el eco.
      —¡El eco! —exclamó contenta, y se puso a gritar palabras en las tenebrosas bóvedas: invocaciones, versos—. ¡Tú también! ¡Grita tu nombre! ¡Pide un deseo! —le dijo a Usnelli.
      —Ooo.. —hizo Usnelli—. Ehiii... Ecooo...
      De vez en cuando la barca se arrastraba por el fondo. La oscuridad era más espesa.
      —Tengo miedo. ¡Dios sabe cuántos bichos habrá!
      —Todavía se puede pasar.
      Usnelli se dio cuenta que avanzaba hacia la oscuridad como un pez de los abismos que huye de las aguas iluminadas.
      —Tengo miedo, volvamos —insistió ella.
      También a él, en el fondo, el gusto por lo horrible le era ajeno. Remó hacia atrás. Al volver al lugar donde la gruta se ensanchaba, el mar se volvió de cobalto.
      —¿Habrá pulpos? —dijo Delia.
      —Se verían. Está límpido.
      —Entonces voy a nadar.
      Se dejó caer desde el bote, se apartó, nadaba en el lago subterráneo, y su cuerpo parecía unas veces blanco (como si la luz lo despojara de todo color propio), otras del azul de aquella pantalla de agua.
      Usnelli había dejado de remar: seguía conteniendo la respiración. Pare él, estar enamorado de Delia había sido siempre así, como en el espejo de esa gruta: haber entrado a un mundo más allá de la palabra. Por lo demás, en todos sus poemas, jamás había escrito un verso de amor; ni uno.
      —Acércate —dijo Delia. Mientras nadaba se había quitado el trapito que le cubría el pecho; lo arrojó por encima de la borda del bote—. Un momento. —Se quitó también el otro pedazo de tela sujeto a las caderas y lo pasó a Usnelli.
      Ahora estaba desnuda. La piel más blanca en el pecho y en las caderas casi no se distinguía, porque todo su cuerpo difundía una claridad azulada, de medusa. Nadaba de costado, con un movimiento indolente, la cabeza (una expresión fija y casi irónica de estatua) apenas al ras del agua, y a veces la curva de un hombro y la línea suave del brazo extendido. El otro brazo, con movimientos acariciadores, cubría y descubría los pechos altos, tendidos hacia el vértice. Las piernas apenas batían el agua, sosteniendo el vientre liso, marcado por el ombligo como una huella leve en la arena, y la estrella como de un fruto de mar. Los rayos del sol que reverberaban bajo el agua la rozaban, ya vistiéndola, ya desnudándola del todo.
      De la natación pasó a un movimiento que parecía de danza; suspendida en el agua a media profundidad, sonriéndole, extendía los brazos en una blanda rotación de los hombros y las muñecas; o bien, con un empujón de la rodilla hacía asomarse un pie arqueado como un pequeño pez.
      Usnelli, en el bote, era todo ojos. Comprendía que lo que ese momento le ofrecía la vida era algo que no a todos les es dado mirar con los ojos abiertos, como el corazón más deslumbrador del sol. Y en corazón de ese sol había silencio. Todo lo que allí había en ese momento no podía traducirse en ninguna otra cosa, quizá ni siquiera en un recuerdo.
      Ahora Delia nadaba de espaldas, emergiendo hacia el sol, en la boca de la gruta. Avanzaba con un ligero movimiento de brazos hacia el mar abierto y debajo el agua iba cambiando gradualmente de azul, cada vez más clara y luminosa.
      —¡Cuidado, cúbrete! ¡Se acercan unas barcas, allá fuera!
      Delia ya estaba en los escollos, bajo el cielo. Se metió debajo del agua, extendió el brazo, Usnelli le tendió las exiguas prensas, ella se las sujetó nadando, volvió a subir al bote.
      Las barcas que llegaban eran de pescadores. Usnelli reconoció a algunos del grupo de gente pobre que pasaban la estación de la pesca en aquella playa, durmiendo al abrigo de unos escollos. Les salió al encuentro. El hombre que remaba era el joven, taciturno en su dolor de muelas, la gorra blanca de marinero encajada sobre los ojos estrechos, remando a tirones como si cada esfuerzo que hacía le sirviera para sentir menos el dolor; padre de cinco hijos; desesperado. El viejo iba en la popa; un sombrero mexicano de paja coronaba con una aureola toda deshilachada la figura flaca, los ojos redondos y muy abiertos, en otro tiempo quizá por soberbia fanfarrona, ahora por comedia de borrachín, la boca abierta bajo los bigotes caídos, todavía negros; limpiaba con cuchillo los mújoles que habían pescado.
      —¿Buena pesca? —gritó Delia.
      —Lo poco que hay —contestaron—. Es el año.
      A Delia le gustaba hablar con los lugareños. A Usnelli, no (“frente a ellos”, decía, “no me siento con la consciencia tranquila”, se encogía de hombros y todo terminaba ahí).
      Ahora el bote se acostaba a la barca, cuyo barniz descolorido y surcado de grietas se levantaba en pequeñas escamas, y el remo atado con una anilla de cáñamo al escalmo gemía cada vez que frotaba la madera astillada de la borda, y una pequeña y herrumbada ancla de cuatro puntas se había enganchado bajo la tabla estrecha del asiento en una de las nasas de mimbre erizadas de algas rojizas, secas quien sabe hacía cuanto tiempo, y sobre el montón de redes teñidas de tanino y bordeadas de redondas tajadas de corcho, centelleaban en sus filosas envolturas de escamas, ya de un gris mortecino, ya de un turquesa resplandeciente, los peces boqueantes; las branquias todavía palpitaban mostrando, debajo, un rojo triángulo de sangre.
      Usnelli seguía callado, pero esta angustia del mundo humano era lo contrario de la que le comunicaba poco antes la belleza de la naturaleza: así como allá le faltaban las palabras, aquí una avalancha de palabras se precipitaba en su cabeza: palabras para describir cada verruga, cada pelo de la flaca cara mal afeitada del pescador viejo, cada plateada escama de mújol.
      En la orilla había otra barca en seco, volcada, sostenida por caballetes, y de la sombra salían las plantas de los pies descalzos de unos hombres dormidos, los que habían estado pescando durante toda la noche; cerca, una mujer toda vestida de negro, sin cara, ponía una olla sobre un fuego de algas, del que subía una larga humareda. La orilla en aquella cala era de guijarros grises; las manchas de colores desteñidos eran los delantales de los niños que jugaban, los más pequeños vigilados por las hermanas mayorcitas y regañonas, y los mayores y más despabilados, con cortos calzones hechos de viejos pantalones de adulto, corrían arriba y abajo entre los escollos y el agua. Más lejos empezaba a extenderse una orilla de arena recta, blanca y desierta, que de un lado se perdía en un cañaveral ralo y en terrenos baldíos. Un joven vestido de fiesta, todo de negro, incluso el sombrero, con el bastón al hombro y un ato colgando, caminaba junto al mar a lo largo de la playa, marcando con los clavos de los zapatos la friable costa de arena: seguramente un campesino o un pastor de un pueblo del interior que había bajado a la costa para ir a algún mercado y que seguía el camino pegado al mar buscando el alivio de la brisa. El ferrocarril mostraba los hilos, el terraplén, los postes, la cerca, después desaparecía en un túnel y volvía a empezar más adelante, desaparecía, salís nuevamente, como las puntadas de una costura irregular. Por encima de los guardacantones blancos y negros de la carretera, asomaban unos olivos bajos; más arriba las colinas se cubrían de brezo, pastos y matorrales o solamente de piedras. Un pueblo encastrado en una grieta entre aquellas alturas se alargaba hacia arriba, las casas una sobre otra, separadas por calles en escalera, empedradas, hundidas en el medio para que corriera el arroyuelo de deyecciones de mulo, y en los umbrales de todas las casas había cantidad de mujeres, viejas o envejecidas, y en los pretiles, sentados en fila, cantidad de hombres, viejos y jóvenes, todos en camisa blanca, y en medio de las calles en escalera los niños jugando en el suelo y algún muchachito mayor tendido a través con la mejilla apoyada en un peldaño, durmiendo allí porque estaba un poco más fresco que dentro de la casa y olía menos, y posadas en todas partes y volando nubes de moscas, y en cada muro y en la orla de papel de periódico que cubría el manto de cada chimenea, el infinito punteado de excremento de mosca, y a Usnelli le venían a la mente palabras y más palabras, apretadas, entrelazadas las unas sobre las otras, sin espacio entre las líneas, hasta que poco a poco era imposible distinguirlas, eran una maraña de la que iban desapareciendo incluso los menudos ojales blancos y sólo quedaba el negro, el negro más total, impenetrable, desesperado como un grito.

 

 

ITALO CALVINO 


imagen: Christine Geserick

domingo, 8 de abril de 2018

la barca y los dos monjes - Henry Brunel (cuentos zen)




   Una tarde de otoño, la densa bruma esconde casi por completo el río Saitama. Un monje y un joven novicio se disponen a atravesarlo en una barca ligera. Las aguas están amarillas y muy agitadas, se ha levantado un viento muy violento:
- Maestro, ya sé que nos esperan en el monasterio de Rishiko, pero ¿no sería prudente dejar para mañana nuestra visita? Podríamos comer una albóndiga de arroz y dormir en la cabaña de ramas que veo allá abajo.
- ....
   Puesto que su maestro guarda silencio, Kasuku se resigna a embarcar, y empieza a remar. De la otra orilla, no se ve más que una línea oscura perdida en la bruma.
- Maestro, el río es ancho y el viento que sopla de través nos impide avanzar como queremos.
- ....
  Pasan diez minutos, que a Kasuku le parecen una hora. Rema en silencio, con el corazón inquieto.
  De repente, suelta los remos y se levanta, con el brazo alzado:
- ¡Maestro, maestro! ¡Mire esa barca que sale de la bruma, viene derecha hacia nosotros!
- ....
- ¡Maestro, va a chocar con nosotros, nos va a romper el casco y vamos a hundirnos! ¡Eh, piloto! ¡Eh, eh, piloto! Si agarro al que guía esa embarcación le calzaré tal palazo que le quitaré las ganas de andar poniendo en peligro a santos varones como nosotros...
- ....
- Maestro, mire que la barca se está acercando ya mucho y que va a embestirnos con esa proa tan afilada. Ahora ya veo al piloto, ¡ese asesino de timonel está durmiendo tan tranquilo!
- ...
- ¡Maestro, que la barca está muy cerca! ¡Por Brahma! Maldito sea ese piloto criminal, ojalá el ciclo de sus renacimientos se extienda a un millón de años, ojalá sea chacal, hiena, rata, chinche,...
  En el instante crítico, un remolino oportuno, o una hábil maniobra del maestro, aleja el peligro y las dos barcas prosiguen indemnes su camino.
- ¿Te has fijado en el interior de la barca, Kasuku? - pregunta el maestro zen.
- Sí, maestro. La forma que yo tomaba por un hombre era un saco de grano.
- Dime, Kasuku, ¿contra quién te has encolerizado?
Henry Brunel - Los más bellos cuentos Zen. Seguido de El arte de los haikus

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jueves, 30 de noviembre de 2017

El ojo de la muerte - Augusto Roa Bastos



No aseguró al caballo en uno de los horcones del boliche donde ya había otros, sino en un chircal tupido que estaba enfrente. Las peripecias de la huida le obligaban a ser en todo momento cauteloso.

El malacara parecía barcino en la luna. Se internó entre las chircas hasta donde lo pudiera dejar bien oculto. La fatiga, quizá la desesperanza, fundía al jinete y a la cabalgadura en un mismo tranco soñoliento. Sólo la instintiva necesidad de sigilo distinguía al hombre de la bestia.

Desmontó, desanudó el cabestro y lo ató a la mata de un caraguatá. Los cocoteros cercanos arrojaban columnas de sombra quieta sobre ellos. Le aflojó la cincha, removió el apero para que el aire fresco entrara hasta el lomo bajo las jergas y le sacó el freno para que pudiera pastar a gusto. Después se acercó y juntó su rostro al hocico del animal que cabeceó dos o tres veces como si comprendiera. Le friccionó suavemente las orejas, el canto tibio de la nariz. Más abajo del ojo izquierdo del animal sintió una raya viscosa. Retiró la mano húmeda, pegadiza. Pensó que sería un poco de baba, espesa por la rumia. Al vadear el arroyo había bebido mucho. No le dio importancia. No pensó en eso. Lo importante era ahora que los dos tenían un respiro hasta el alba.

Se dirigió al boliche. Una raja de luz salía por la puerta del rancho. En una larga tacuara, amarrada a un poste, manchaba levemente el viento de la noche un trapo blanco: el banderín del expendio de Cleto Noguera. Caña y barajas. Tereré y trasnochadores orilleros siempre dispuestos para una buena pierna.

Empujó la puerta y entró. Un golpe de viento hizo parpadear el candil. En el movimiento de la llama humosa las caras también parecieron ondear cuando se volvieron hacia el recién llegado. Cesó el rumoreo incoherente de los que comentaban para adentro sus ligas. Cesó el orejeo decidor de los naipes sucios y deshilachados. Hasta que alguien irrumpió jovialmente:

 —¡Pero si es Timó Aldama! Apese pues el kuimba’é. Aquí está el truco esperándolo desde hace un año.

Hacía un año que duraba la huida.

La faena recomenzó con risas y tallas acerca del arribeño.

Timó Aldama se acercó a la mesa redonda y se sentó en la punta de un escaño.

—Seguro que Timó —añadió, «apretando» un envido, el que lo había reconocido— trae las espuelas forradas de plata saguasú. ¿Ayé, cumpá? Él va a los rodeos y saca pirá-piré a talonazo limpio de los redomones que doma.

—Y si no —apuntó otro—, de las carreras y los gallos. Timó es un güen apostador. Tiene ojos de kavuré’í.

—Y es un truquero de ley —dijo zalamero alguien más—. ¿Se acuerdan de la otra vez? Nos soltó a todos. Karia’y pojhïi ko koa.

—Se llevó mi treinta y ocho largo —recordó con cierta bronca un arriero bajito y bizco, rascándose vagamente la barriga hacia el lugar del revólver.

—Y a mí me peló el pañuelo de seda y el cuchillo solingen.

La conspiración del arrieraje se iba cerrando alrededor del arribeño suertudo. Alguien, quizás el mismo Cleto Noguera, le alcanzó un jarro. Aldama bebió con ansias. La caña le escoció el pescuezo y le hizo cerrar los ojos mientras los demás lo seguían «afilándolo» para la esperada revancha.

—Y a mí casi me llevó la guaina. Si no hubiera sido por los treinta y tres de mano que ligué, el catre se habría quedado vacío y yo andaría a estas horas durmiendo con las manos entre las piernas, enfermo de tembo ätä.

Una carcajada general coreó la chuscada obscena. El mismo Aldama se rió. Pero en seguida, casi serio, levantó el cargo.

—No, Benítez. No juego por mujer. Yo tengo mi guaina en mi valle. Soy güen padre de familia.

—Un poco jugador nomás —chicaneó uno.

—Y… cuando se presenta la ocasión, no le saco el bulto a la baraja. Cada uno trae su signo.

—Así me gusta —aduló el que había hablado primero alcanzándole nuevamente el jarro—. Timó Aldama es de los hombres que saben morir en su ley. Así tiene que ser el macho de verdá.

El elogio resbaló sobre Timó sin tocarlo. Empezaba a ponerse ausente. El otro insistió:

—¿Hacemos una mesa de seis, Timó?

—No. Voy a mironear un poco nomás.

Pero lo dijo sin pensar en lo que decía. Su rostro ya estaba opaco por el recuerdo. Recordaba ahora algo que había olvidado hacía mucho tiempo. Tal vez fue la alusión a las barajas, eso que él mismo había dicho respecto a los signos de cada vino. Tal vez lo que dijo el otro con respecto a eso de «morir en su ley». El hecho fue que lo recordó en ese momento y no en otros que acababa de pasar y en los cuales también ese recuerdo hubiera podido surgir y envolverlo en su humo invisible hasta ponerlo de espaldas contra la fiera realidad que lo perseguía sin descanso. Por ejemplo, cuando huyendo de la comisión que casi lo tenía acorralado, el malaca había rodado al saltar una zanja incrustando la cabeza en una maraña espinosa.

La caída del caballo resultó en realidad una providencial zancadilla a la muerte. La violencia del golpe los aplastó a los dos durante un momento en la espesura dónde se habían hundido, mientras los otros pasaban de largo sin verlos. Desde la flexible hamaca de ramas y hojas a la que él había sido arrojado, veía aún al caballo incorporarse renqueando y maltrecho, mientras el galope de la partida se desvanecía en el monte.

Pero no fue el ímpetu secreto de la rodada sino esa trivial referencia a las barajas la que había arrancado del fondo de él las palabras de la vieja que ahora recordaba como si acabara de oírlas.


Fue en una función patronal de Santa Clara. Todavía no se había «juntado» con Anuncia; todavía Poilú no había nacido.

Una tribu de gitanos había acampado en las afueras del pueblo. Era un espectáculo musitado, extraño, nunca visto, el de esa gente extraña ataviada con andrajos de vivos colores. Su extraño idioma. Las largas trenzas de las mujeres. Las sonrisas misteriosas de los hombres. Las criaturas que parecían no conocer el llanto.

Timó Aldama, rodeado de compinches, venía de ganar en las carreras. Al pasar delante de los gitanos, les ofreció unas demostraciones acrobáticas con su parejero y, por último, lo hizo bailar una polca sinuosa y flexible. Dos razas se miraban frente a frente en la insinuación de un duelo hecho de flores, sonrisas y augurios sobre el verde paisaje y la luz rojiza del atardecer. La juventud hacía ligero e indiferente el cuerpo de Timó Aldama. El ritmo del caballo le cantaba en las espuelas; un ritmo que él contenía con sus manos huesudas y fuertes. Los gitanos sólo tenían su noche y sus distancias; su miseria rapaz. De allí se arrancó una vieja gorda que se aproximó y detuvo de las riendas al parejero del rumboso jinete. Los ojos oscuros y los ojos verdes se encontraron:

—¿Qué quiere, yarü?

—Decirte tu destino, muchacho.

—Mi destino lo hago yo, abuela. ¿No es así acaso con todos?

—Sin embargo, no sabes una cosa.

—¿Qué cosa?

—Cuándo vas a morir.

—Ah, para eso falta mucho. Se muere en el día señalado. No en la víspera.

—Pero ese día lo puedes saber…

—¿Cómo?

—¿Quieres saberlo?

—Sí. Para sacarle la lengua al diablo.

—Tiene un precio.

Timó Aldama sacó del bolsillo varios billetes, los arrugó en su puño y los bajó hasta la mano de la vieja convertidos en un solo y retorcido cigarro gris. Las risas hombrunas estallaron en torno al dadivoso. La gitana gorda atrapó el cigarro y lo hizo desaparecer en su seno. La tribu miraba impasible.

—No morirás, muchacho, hasta que el ojo de tu caballo cambie de color.

—¿De éste, abuela? —el rostro cetrino de Timó planeaba sobre ella como un cuervo.

—Del que montes en ese momento. Y entonces, tal vez, tal vez puedas conjurar el peligro si te quedas quieto, si no huyes. Pero…, eso no es seguro.

—Bueno, abuela; gracias por el aviso. Cuando llegue el momento me acordaré de usted —y el parejero de Timó Aldama volvió a encabezar la tropa de jinetes bulliciosos, marcando en el polvo con sus remos finos y flexibles el ritmo de una polca, apagando con el polvo la agüería de la gitana.


Después habían sucedido muchas cosas.

Aquella trenza en que había herido a un hombre por una apuesta estafada, la muerte del herido unos días después, la persecución, esta misma partida de truco en que él ahora estaba envuelto ofreciendo a esos hombres más que una revancha una restitución casi postuma, eran solamente las últimas circunstancias, no los últimos episodios, de un destino que, salvo aquella casual e indescifrable adivinanza de la vieja gitana, le había negado constantemente sus confidencias y favores. De tal modo que él había venido avanzando, huyendo como un ciego, en medio de una cerrazón cada vez más espesa.

Esos mismos hombres que le estaban simbólicamente exterminando sobre el poncho mugriento del truco se le antojaban sombras de hombres que él no conocía. Sabía sus nombres, los ignoraba a ellos. Y el hecho mismo de que ellos no le mencionaran el crimen ni la huida, los hacía aún más sospechosos. Ellos deberían saberlo, pero simulaban una perfecta ignorancia para que la emboscada jovial diera sus frutos. Se dio cuenta de que esos hombres estaban ahí para que ciertas cosas se cumplieran.

No pudo evitarlo. Las suertes del truco le arrebataron en la decreciente noche todo lo que él a su vez había arrebatado a aquellos hombres un año atrás, en ese mismo pueblo de Cangó, el primero en que había pernoctado al comienzo de su huida.

El pañuelo de seda, el cinturón con balera, el treinta y ocho caño largo, el solingen con cabo de asta de ciervo, herrumbrado y desafilado, las nazarenas de plata, todo estaba nuevamente en poder de sus dueños.

Después comenzó a perder —a entregar— sus propias cosas; una tras otra, sin laboriosos titubeos. Al contrario, era una minuciosa delicia; un hecho simple, complicado tan sólo por su significado. Era como si él mismo hubiera estado despojándose de estorbos, podándose de brotes superfluos.

El alba le sorprendió sin nada más que la camisa puesta y la bombacha de liña rotosa. Tuvo que salir de allí atajándosela con las manos. El cinturón y los zapatones habían quedado en el último pozo.

Cleto Noguera cerró sobre él las puertas del boliche. En su borrachera, en el mareo ominoso que lo apretaba hacia abajo pero que también lo empujaba, él sintió que esas puertas se cerraban sobre él dejándolo, no en el campo inmenso lleno de luz rosada, de viento, de libertad. Sintió que lo encerraban en una picada oscura por la que no tenía más remedio que avanzar.

Entre las chircas arrancó un trozo de ysypó y se lo anudó alrededor de la bombacha que se le deslizaba a cada momento sobre las escuetas caderas.

El malacara estaba echado entre los yuyos. Cuando lo vio venir, movió hacia él la cabeza y la dejó inclinada hacia el lado izquierdo. Timó Aldama lo palmeó tiernamente. El caballo se levantó; la grupa, después las patas delanteras. Ya estaba repuesto, listo para reanudar la fuga interminable. Timó Aldama volvió a juntar su rostro al hocico del animal, como lo hiciera a la noche, antes de dejarlo para entrar al boliche. También el animal volvió a cabecear dos o tres veces, como si correspondiera.

Fue entonces cuando se fijó. El ojo izquierdo del malacara había cambiado de color: tenía un vago matiz azulado tendiendo al gris ceniza, y estaba húmedo, como con sangre. No reflejaba nada. Miraba como muerto, El otro ojo continuaba oscuro, vivo, brillante. El alba chispeaba en él con tenues astillas doradas.

La agüería de la gitana cayó sobre él. Sintió un fragor, le pareció ver un cielo oscuro lleno de viento y agua, vio un inmenso machete arrugado que venía volando desde el fondo de ese cielo negro, entre relámpagos deslumbradores, que lo buscaba, que caía sobre él con ira ciega y torva, inevitable.

Ya no pudo pensar en nada más que en la inminencia de esa revelación que le aturdía los oídos. Toda posibilidad de justificar los hechos simples había huido de él. Por ejemplo, que el cambio de color del ojo de su caballo se debía simplemente a una espina de karaguatá que se había incrustado en él cuando rodara en la zanja. Para él, el ojo tuerto del caballo era el ojo insondable de la muerte.

La vieja de colorinches le había dicho también:

—Y entonces tal vez, tal vez puedas conjurar el peligro si te quedas quieto, si no huyes. Pero…, eso no es seguro.

Tampoco podía ya recordarlo. Y echó a correr por el campo en el rosado amanecer.

Los cuadrilleros del ferrocarril, que hacían avanzar la zorra moviendo rítmicamente las palancas de los pedales, vieron venir por el campo a un hombre que les hacía desde lejos con los brazos desesperadas señales. Parecía un náufrago en medio de la alta maciega. Detuvieron la marcha y lo esperaron. Apenas pudo llegar al terraplén. Se desplomó sin poder trepar hasta el riel. Entonces los cuadrilleros lo subieron a pulso a la zorra y prosiguieron su marcha hacía el sur, Debían llegar esa noche a Encarnación.

El hombre parecía un cadáver. Flaco, consumido, pálido. Probablemente hacía varios días que no comía ni bebía. Tenía los pies llagados y las carnes desgarradas por las espinas. De su ropa no restaban sino tiras de lo que debía haber sido una camisa y una bombacha vieja sujeta con un trozo de bejuco en lugar de cinto.

Por el camino reaccionó y pareció reanimarse un poco, pero no habló en ningún momento. Los ojos mortecinos miraban algo que ellos no veían. Pidió con señas que detuvieran la zorra o que la hicieran avanzar más velozmente. Su gesto ansioso fue ambiguo. Los cuadrilleros supusieron que era un loco, pero no podían abandonarlo a una muerte segura al borde de la vía, en ese descampado inmenso, con la tormenta que se venía encima. El cielo hacia el sur estaba encapotado y negro con una calota gigante que parecía de hierro fundido. El hombre volvió a insistir en el gesto. Algo le urgía sordamente. Los cuadrilleros, sin dejar de remar en la zorra, le alcanzaron una cantimplora con agua y un trozo de tabaco torcido. El hombre los rechazó con un gesto. Daba la impresión de que había perdido la memoria de esas cosas.

La zorra entró en los arrabales de Encarnación en el momento en que el ciclón que arrasó la ciudad comenzaba a desatarse.

El hombre saltó ágilmente de la zorra y se encaminó hacia las casas cuyos techos empezaban a volar en medio del fragor del viento y de la tromba enredada de camalotes y raigones que subía arrancada del Paraná. Avanzaba impávido, sin una vacilación, como un sonámbulo en medio de su pesadilla, hacia el centro tenebroso del vórtice.

Negro, con tinieblas viscosas de cielo destripado, verde de agua, ceniciento de vértigo, blanco como plomo derretido proyectado por una centrífuga, el viento chicoteaba la atmósfera con sus grandes colas de kuriyúes trenzadas y masticaba la tierra, la selva, la ciudad, con su furiosa dentadura de aire, de trueno sulfúrico. Entre los machetones arrugados de las chapas de cinc volaban pedazos de casas, pedazos de carretas, pedazos humanos salpicando agua o sangre. Planeaban zumbando, bureando a inmensa, a fantástica velocidad sobre el hombre que iba dormido, que había pasado sin transición de una magia a otra magia, que aún seguía avanzando, que avanzó unos pasos más hasta que el vientre verdoso y mercurial de la tormenta lo chupó hacia adentro para parirlo del otro lado, en la muerte.


Augusto Roa Bastos en El trueno entre las hojas

fuente: Biblioteca Ignoria
imagen: Álfheiður Erla